Kamasutra parte 2


El abrazo de panda.

Para unirse en este abrazo del panda, hombre y mujer se acuestan en toda su longitud, frente a frente pero pies contra cabeza. El rostro de ella frente a las piernas de él y viceversa. Una posición riquísima en sensaciones.

 

El hombre tiene las manos libres para recorrer la parte inferior de su pareja, acariciándola, ya que la bocas de los amantes quedan muy lejanas. Si ella lo desea, se puede aprovechar la ocasión para estimular la zona anal o bien penetrar con un dedo el ano, lo que multiplicará por dos la excitación de su pareja.

 

Ella tendrá enfrente los muslos de su hombre, así que será el momento de tratarlos con mimos y dedicarle unas dulces caricias en los pies. No hay que olvidar, que éstos, al igual que las manos, tienen muchas terminaciones nerviosas, que captan a la perfección el roce con otra piel.

 

Cuando está suficientemente estimulada y cuando su vagina está bastante lubricada, la mujer pliega las piernas, deslizando una bajo el cuerpo del hombre y pasando la otra por encima, estrecha las caderas de su compañero y se deja penetrar al acercarse contra él. 

Un goce para la vista y los sentidos

El hombre tiene ante sus ojos las nalgas abiertas de la mujer, que desvelan el ano y la vulva. Sus manos están libres para una gran variedad de caricias, sin olvidar las caderas y los muslos. Si la mujer lo desea o tiene curiosidad, el hombre intentará penetrar su ano con el dedo. Las terminaciones nerviosas de las fibras musculares del esfínter anal y las de los músculos situados en la entrada de la vagina están muy relacionadas, lo que provoca una excitación que se trasmite de unas a otras y multiplica las reacciones. Por esta razón, una penetración doble proporciona orgasmos a menudo más intensos a la mujer que sabe jugar con las excitaciones múltiples.

 

Hasta la punta de los pies

La mujer puede quedarse pasiva, sujetada a las piernas y la pelvis del hombre. Pero tendrá también la posibilidad de mover las caderas para amplificar las sensaciones vaginales. Sus manos recorren los muslos de su amante, de los pies a las nalgas. Desgraciadamente, lo que tiene al alcance de su boca es poco sensible a las caricias labiales o con la lengua. Quizás le gustará lamer los dedos de los pies, proporcionando dulces sensaciones a su hombre. Pero sin actividades muy acaparadoras, lo mejor que la mujer puede hacer es olvidar todo y concentrarse en las olas de placer que las caricias del hombre provocan en su cuerpo.


La bella dormida.

Mientras la amada duerme, ¡resucitar su sexo a placer es pura felicidad para el amante! ¡Y qué deliciosa sorpresa, para aquella que se despierta, de sentirse inundada de deseo, con el cuerpo ya ocupado por su hombre!

 

Él se cuidará de excitarla poquito a poco para que el despertar sea lo más suave posible. Cuando despierte estará inundada de placer y totalmente excitada, lista para acoger el sexo de su príncipe en su interior.

 

Las relaciones sexuales al despertar mejoran la calidad de vida y garantizan comenzar la jornada con una gran satisfacción personal en los miembros de la pareja. Merece la pena dejar a un lado los complejos sobre nuestro aspecto al despertar porque disfrutaremos de una excelente sesión de sexo matutino. La razón: los niveles de testosterona en los hombres son muy altos por la mañana (esa famosa erección), lo que aumenta su tensión y energía durante el acto sexual.

Hay que haber vivido el insomnio del amor para entender cuánto exalta el deseo físico del hombre observar el cuerpo de la amada dormida. Mientras que ella se ha acostado, cansada por el placer o simplemente por un día agotador, el hombre se queda excitado, sin poder dormir, con ganas de jugar con el cuerpo de su amante. O si llega muy tarde a la cama, le encantará descubrir su cuerpo abandonado en los brazos de Morfeo. ¡Pero no hay que precipitarse! Incluso si su pene está listo a penetrarla, el hombre se cuida de no importunar a su pareja. Evitando gozar demasiado rápidamente, se toma su tiempo para admirar el cuerpo lánguido de su pareja. Estimula pausadamente el sexo femenino con la boca o la mano humedecida con saliva. Saborea cada rincón íntimo de la mujer: los labios menores, el clítoris que se excita con sus caricias, la tierna piel perineal. Lame con suavidad la vulva ardiente y sonrosada, desliza la lengua hacia el ano. Incluso si no se despierta, la mujer ya se predispone al placer.

 

Con una bella dormida, todas caricias son bienvenidas. Sus pezones se erizan a besos. Su piel está más suave, sus rasgos distendidos han olvidado preocupaciones y contrariedades. Su bonito pelo se esparce sobre la almohada y sus músculos relajados la preparan para gozar.   

 

Ahí está el momento para penetrar a la bella. ¿Qué posición elegir? El hombre claramente se adapta a la posición de la durmiente, según esté de espaldas, de lado o boca abajo: en esta última, elevará suavemente sus nalgas para poder deslizar con facilidad su pene en la vagina. ¿Quizás sigue dormida? ¿O mejor dicho, todavía esta amodorrada y simula el sueño para gozar más de la situación? En este caso, el hombre sigue controlando el ritmo y el movimiento. Si se tambalea un poco y prolonga el coito, sentirá la eyaculación como fuegos artificiales de placer. En el umbral de la hipnosis y totalmente devota al placer físico, la mujer quizás revelará una sensualidad desconocida hasta ahora. Las zonas erógenas se multiplican en su cuerpo y los contactos con la piel de su pareja lo tornan más vibrante. Los movimientos, como ralentizados, dan a cada uno una sensación de unión excepcional. Cada esquina de su vagina reacciona a la penetración y genera una fusión completa de los cuerpos.

 

¿Tal vez, con el efecto de las caricias, la amada está plenamente despierta? Su sueño interrumpido la predispone a un placer más fogoso. Con su cuerpo electrizado por los tocamientos de su compañero, acompaña pasionalmente los movimientos del vaivén. Acelera entonces el ritmo del coito, gritando varias veces su deseo salvaje de gozar. Lo que mejorará el gozo de su pareja, orgulloso del espectáculo de su orgasmo.


Las Cucharas.

La pareja se echa de costado, el hombre detrás de la mujer, colocada en posición fetal, penetrándola por la vagina. Si él se pega a la espalda de su compañera, se percibe claramente la imagen de dos cucharas encajadas.

 

No hay nada mejor que esta postura para disfrutar de una penetración cómoda y cariñosa. Él rodeará con sus brazos a ella, que se sentirá totalmente arropada y querida por su pareja. A pesar de la ternura del momento, las cucharas ofrecen posibilidades de penetración muy profundas ¡Es cuestión de explorarlas! El grado de penetración depende del ángulo formado entre el glúteo y la rodilla de la mujer, que podrá aumentarlo o disminuirlo  a su antojo.

 

Un truco para aumentar el placer en la postura de las cucharas es mantener las piernas muy juntas, lo que estimula el clítoris y el punto G. Las cucharas facilitan a la mujer el acceso a sus genitales, a los que también puede llevar la mano de su pareja para conseguir un mejor orgasmo.

 

Si la ocasión lo requiere, es también una buena postura para atreverse con el sexo anal.

Ventajas de la postura de las cucharas

Esta posición cuenta con muchas ventajas: al estar ambos recostados cómodamente, pueden tomar tanto tiempo como quieran para abandonarse al placer, acariciarse o besarse. Las manos del hombre alcanzan los pechos, el vientre y el sexo de su amante. Si se aparta un poco, podrá mimar la espalda, las caderas y las nalgas de la mujer.

 

No es necesario que el hombre se dedique a un vaivén demasiado rápido. Puede aprovecharse de la postura de las cucharas para entrenarse en retener y controlar la eyaculación. Con movimientos lentos y suaves, la excitación se mantiene moderada y acostumbrará su miembro a las sensaciones provocadas por la vagina. Las cucharas es la posición perfecta para tomarse su tiempo, jugar con los matices de las sensaciones y aprender más que en otras posturas, en las que la excitación es primordial.

 

La postura de las cucharas para la mujer

Las mujeres que adoran esta posición se refieren al placer de dejarse hacer, de sentir la mano del otro relajando su cuerpo paulatinamente. Es el momento de olvidar los problemas cotidianos y concentrarse en su propia excitación, sentir como su deseo las embriaga poco a poco.

 

A otras, sin embargo, no les gusta dar la espalda a su pareja o, llegado el momento, desean pasar a la acción, tomar la iniciativa de acariciar, besar y restregarse contra el cuerpo de su hombre. La posición de las cucharas es un paso al principio del juego amoroso, pero también puede darse en el caso del sobrepeso de la pareja o el embarazo de la mujer.

 

La fuerza emocional de esta posición es absolutamente real, como lo enseña con talento Robert Merle en su novela Week-end à Zuydcoote. Uno de los personajes cuenta: “Me acuerdo de esas noches cuando caían chuzos de punta como para poner la casa patas arriba. Yo y mi mujer, los dos en la cama, calentitos con la lámpara al lado. ¡Esto es vida!, solía pensar. Y la penetraba por detrás, y le acariciaba el vientre. ¡Ay Dios! Es así como uno se siente un hombre de verdad, y mi mujer, callada, dejándose hacer… ¡Me sentía como si fuésemos las únicas personas sobre la tierra, mi mujer y yo! ¡Estábamos como reyes! ¡Eso es vida!, pienso aún hoy”.


La unión del loto.

La posición del loto es considerada como la “favorita de los amantes” por Kalyanamalla, el autor de la obra erótica india Ananga Ranga.  Él se arrodilla y ella aprovecha para sentarse encima de su pene, rodeando con sus piernas el cuerpo de su pareja. Es interesante practicarla en una superficie más dura que la cama, para controlar mejor los movimientos y la penetración. Para los más arriesgados, proponemos experimentar la unión del loto encima de una silla.

 

En esta posición, la mujer controla con sus movimientos la fuerza y frecuencia de las penetraciones. Él ayuda a controlar la penetración poniendo sus manos en las nalgas de su amante. No dudes en oprimirle el pene con tus músculos vaginales ¡lo estremecerás de placer!

 

La postura permite vivir la ternura del momento mirando a la cara del compañero, disfrutando del momento labio con labio. No pierdas detalle de sus gestos: son el termómetro de la pasión que el otro está viviendo.

Sentado en el suelo o en la cama, el hombre dobla sus rodillas y abre sus piernas, pegando las plantas de los pies entre sí. Su amante se sienta sobre él, de frente y a horcajadas, cerrando sus piernas en torno a la cintura de su pareja, los pies sobre el suelo o la cama.

 

En la posición del loto, el contacto íntimo favorece una unión completa. Empieza por besos prolongados, labios unidos y lenguas bailando un vals perpetuo. El hombre acaricia los pechos de su pareja, apretándolos y besándolos, y muerde cuidadosamente los pezones. La mujer podría deslizar su mano en la entrepierna del hombre, cercando su pene en un anillo formado por el índice y el pulgar. Ella desplaza muy suavemente sus dedos cerrados de arriba abajo, desde la base del miembro hasta el glande, y efectúa una ligera presión que hará gemir a su pareja. A la vez, ella frota su muñeca o su antebrazo contra su vulva, lo que le mantendrá más excitada. Cada uno deja a sus manos explorar las nalgas, la espalda y los hombros del otro, embriagándose con el dulzor del cuerpo de su querido. La mujer podrá a partir de ahora dotar a sus caderas de pequeños movimientos para frotar su vulva contra el pene totalmente erecto del hombre, estimulando así el clítoris.

 

Al borde del desmayo, ella suplicará a su amante que la penetre: el hombre ayuda entonces a la mujer a elevarse para introducir en su vagina el miembro viril. Así la penetración es sencilla ya que la vagina está naturalmente lubrificada y dilatada. No obstante, la mujer podrá aplicar saliva sobre el sexo de su compañero, antes de que la penetre, una delicadeza que añadirá dulzor y ternura al momento. O bien el hombre pasa sus dedos mojados sobre los labios menores para guiar su pene dentro de la vagina.

 

El amante tiene ahora varias opciones: rodear con sus brazos el cuello de su dama o poner sus manos sobre los hombros para dejarle tomar la iniciativa en el vaivén. Él puede elegir también mantenerla por la cintura y presionar ligeramente las nalgas de la mujer, ayudándole así a balancearse con una cadencia en sintonía. Si la mujer contrae los músculos de su perineo, comprimirá el pene con su vagina, aumentando para ambos la intensidad de las sensaciones. Impulsando sus rodillas arriba y abajo, el hombre hace bascular sus caderas y provoca más variados y fuertes rozamientos vaginales, llevando a la mujer hasta el orgasmo. Si ella lo desea, acerca una de sus piernas al cuerpo y alza la otra, sosteniéndose con una mano: esta postura ayuda a variar la tensión de la vagina sobre el pene y provoca sacudidas de placer que cada uno apreciará, mientras contempla el goce del otro. Pues la ventaja de la unión del loto es dar tanto placer al otro como el que se disfruta.


El amante tierno.

Sí lo que buscamos es unir placer y complicidad esta es la postura perfecta. El amante tierno facilita un contacto físico muy fuerte, acompañado de placer y momentos tiernos. Se trata de unir el amor con el placer carnal.

 

Él, de rodillas, espera a que ella se siente en su regazo estirando las piernas, tocando el suelo con las plantas de los pies. Él ayuda a mantener el peso agarrándola por los brazos y equilibrando la postura.  Inicia el balanceo, manteniendo en alto la cintura de su pareja y dando besos húmedos en su vientre.

 

El amante tierno está excitado. Es el momento de que ella se entregue en cuerpo y alma, al placer.  La mujer se sentirá bella en sus brazos y mostrará su cuerpo sin complejos. Deja que te admire, mientras sacas fuera la fiera que llevas dentro.

La mujer siente la sensación de un acto sexual único, a la par que su tierno amante la besa para demostrarle su amor. Esta postura es perfecta para parejas que necesitan reencontrarse o para mujeres que se sienten desatendidas.

 

Ella se tiende con las piernas abiertas y las rodillas plegadas. Él se desliza entre sus muslos y eleva sus caderas para penetrarla. Mantiene en alto la cintura de su pareja y cubre su vientre de dulces besos.

 

Aunque este ejercicio es un magnífico preliminar, el hombre no puede quedarse en esta posición por demasiado tiempo. Si no es muy ágil, su espalda puede bloquearse.

Ambos deben esforzarse si la mujer quiere que el hombre siga siendo su tierno amante. Al mover sus caderas, ella consigue variar la intensidad del placer y así, multiplicar las sensaciones de su compañero, porque para él, la penetración está limitada. Para que ella pueda alcanzar el orgasmo, él puede profundizar el vaivén estimulando así el punto G y el clítoris con su hueso pélvico.

 

El amante tierno no sólo es cómplice de su pareja, sino que además, permite innovar a diario. El contacto físico es intenso, incluso si esta posición no permite una amplia variedad de movimientos. Esta postura es conveniente para quienes no tienen mucha flexibilidad, para personas con sobrepeso y para mujeres embarazadas. Pero cualquier pareja que desee mantener la llama de su amor la avivará con “el amante tierno”.

 

 


El escondite.

Saber desnudar y desnudarse siempre ha sido todo un arte. El striptease de un miembro de la pareja es un preliminar perfecto. La ropa llena de botones o difícil de quitar acabará con la paciencia de tu amante, que estará más que excitado cuando acabes el espectáculo. No olvides que cuantas más prendas te pongas ¡más fuerte será su deseo! Y, mejor el sexo que seguirá al striptease.

 

En el striptease, el clásico funciona. Un conjunto sexy de lencería y unos tacones de aguja te convertirán en la seductora perfecta. Atrévete con un corpiño de leopardo o prueba a elegir ropa íntima con volantes que te de un aire, a la vez, infantil y picante. Si quieres ser la jefa dominante de este juego, enfúndate un mono de látex y déjale que te lo quite después de un baile erótico.

 

Para las avanzadas en el arte del striptease: unos adornos para pezones y unas medias con liguero, serán los compañeros ideales. Un truco, puedes introducir unas bolas chinas antes de iniciar el striptease. Te ayudarán a excitarte durante tu show sexual.

 

Pon la música, empieza a bailar y espera un rato para desnudarte. Acerca y aleja tu cuerpo del de tu pareja, insinuándote al ritmo de la música, sin dejar que él te toque, observando como su deseo sexual aumenta. Cuando estés lista, deja que te desnude, ábrele tu escondite y entrégate al placer.

El escondite: el arte de desnudar

En general, quitarse la ropa es una forma suave de acercamiento. El hombre puede comenzar por jugar con el collar o colgante que la mujer se ha puesto, como si su objeto le maravillase más que su cuerpo. Es momento de seducción, promesa de placer que se debe degustar. El hombre, sin confesar su excitación, se entretiene con las ropas, tal y como hizo con la joya: Esquiva las partes más sensibles del cuerpo de la mujer, los senos y la vulva, avivando así el deseo de su amada. Después sus dedos ágiles rozan como por accidente un pezón, retirando el sujetador, deslizándose sin mirar en la ropa para atender el sexo anhelado.

 

Mientras el hombre quita suavemente la ropa de la mujer, puede usar su boca para recorrer todo su cuerpo, besarla, lamerla para después arrodillarse frente al clítoris y aguijonearlo. Ella se convierte en una criatura llena de gracias y seducción, puede participar y formar una coreografía con su pareja. Le desnuda despacio y descubre también su piel, su cuerpo, su miembro erecto.

 

No importa que la pareja ya haya hecho el amor o no, siempre es un placer refrenar su impaciencia con contactos lentos y delicados. Eso puede dar confianza a la mujer cuando constata que el hombre no quiere solamente gozar de su sexo pero desea acariciar todo el cuerpo de su amada. Finalmente, quizás será ella que perderá la paciencia y tomará la iniciativa de empezar con el acto sexual.

 

¡No hay obligación desnudarse totalmente para hacer el amor! Los numerosos modelos de ropa interior femenina ayudan desarrollar las fantasías: un corsé con muchos enganches en lugar del sujetador de siempre, por ejemplo. Esconder el sexo a la vez que sea accesible es un juego erótico que muchos quieren disfrutar. Pero lo importante es que este escondite amoroso concluya con el placer de ambos amantes. La penetración, la felación y el cunnilingus son el desenlace de este lento desnudamiento y tienen un sabor particular después de esta larga introducción. Dominar las pulsiones sexuales conduce a un orgasmo suave e intenso a la vez.     


El culeo.

Culear significa tener sexo en algunos países de América Latina, como Argentina, Chile y Colombia. De ahí deriva, la postura que aparece en la imagen: el culeo. Aquí la mujer hará movimientos como para dar volteretas, mientras es penetrada. ¿Preparados para el sexo acrobático?

 

Lo más importante es elegir bien la superficie, porque la espalda puede sufrir mucho si no está bien acomodada. Será más sencillo culear sobre una alfombra o un edredón, que encima de la cama. La mujer intentará tocar el suelo con las puntas de los pies, sin quitarse los pantalones, desplazándolos hacia los tobillos y manteniendo las piernas abiertas. El pantalón sobre los tobillos le ayuda a conseguir la apertura justa que requiere un buen culeo durante el coito.

 

El hombre tiene delante de él la mejor vista posible. Los genitales y las nalgas de ella, abiertos como una flor, esperan su turno. Él elige como continuar: cunnilingus, caricias o penetración sobre la vulva y el perineo. El culeo se incia con una penetración sencilla, en una vagina ya dilatada y lubricada. El vaivén sexual empieza con el movimiento del pene, provocando un placer irresistible, que explotará en orgasmo.

 

Si la posición del culeo es difícil de mantener para ella, relajará las piernas flexionándolas sobre los hombros de su pareja y continuarán el sexo en esta posición menos rígida.

Obviamente, la postura del culeo requiere unos esfuerzos gimnásticos y exige de la mujer una buena musculatura abdominal. 

 

Para empezar hay que prever una alfombra espesa o un edredón cómodo para extenderlo en el suelo. La mujer no se quita sus pantalones ligeros, como un pijama de percal, por ejemplo. Se lo baja hasta los tobillos, con las piernas abiertas. Sus talones están trabados por la prenda. Ella se dobla, colocando su cabeza entre los pies, de forma que su cuello queda sujeto por el pantalón.  

 

El hombre, detrás de ella, gozando de una vista magnifica, toma las piernas de su compañera y la recuesta cuidadosamente, haciendo el “culeo”. 

 

Con sus manos, la mujer extendida en el suelo mantiene los pies lo más cerca posible de la cabeza, uno a cada lado, las nalgas apenas alzadas. Las más flexibles quizás conseguirán, sin el pantalón, colocar sus pies debajo de la cabeza. En esta posición, la vulva de la mujer está abierta de par en par y se ofrece al hombre, que puede elegir entre ponerse de cuclillas y penetrar inmediatamente a la mujer o hacerle un cunnilingus. Para ello, se pone de cuclillas sobre su compañera, en posición invertida con las nalgas encima de la cabeza, cuidando de no aplastarla con su peso. Estimula suavemente con la lengua y la boca los labios menores y el clítoris, sigue hasta el perineo, entre la vagina y el ano, una zona llena de terminaciones nerviosas y por eso, muy sensible. Ambos amantes saborean a la vez los frotamientos de los glúteos, los testículos y el pene del hombre contra el vientre o los muslos de la mujer.

 

Después, el amante se pone de nuevo frente a la mujer, de cuclillas, e introduce su pene sencillamente y con profundidad en la vagina. Es la ventaja de esta postura, que no deja mucho, al contrario, acariciarse. La vagina de la mujer, con todas estas estimulaciones, está muy dilatada y lubricada: el vaivén del pene es natural y provoca una sensación de extraordinario dulzor para cada uno. El ritmo se acelera con la subida del orgasmo hasta que el hombre literalmente explota y mezcla su semen a las secreciones vaginales. Exhaustos tanto por la postura como por la intensidad del placer, los amantes podrán al fin acurrucarse uno contra el otro, unidos por una tierna y apacible complicidad.

 

Sin embargo, si la postura es demasiado difícil de mantener para la mujer, relajará sus piernas para apoyarlas sobre los hombros de su amante. Se proseguirá el coito en esta posición menos exigente. 


Variaciones de pies contra cabeza.

El 69 es fuente infinita de variaciones. En lugar de practicarlo tumbado y relajado, los adeptos prefieren jugar con las tensiones musculares y los estiramientos, que amplían el goce al momento del orgasmo. La imaginación y tu musculatura están al servicio del placer.

 

Para disfrutar del sexo oral es fundamental que te sientas cómoda y aceptes tu desnudez sin complejos.  Si ya has probado el sexo oral y no te ha gustado debes darle una nueva oportunidad, porque quizá estés perdiéndote todo un universo de sensaciones sexuales.

 

Es normal que te preocupe el olor y el sabor de tus genitales, sin darte cuenta de que son el afrodisiacos natural más potente. Una ducha diaria es suficiente para practicar sexo oral con higiene. Sin embargo, tomarla antes de practicar el 69 provocará que el pene y vagina  pierdan su gusto natural y acaben tomando el de tu gel de ducha.

Por ejemplo, el hombre y la mujer se arrodillan, con las piernas abiertas, él detrás de ella a alrededor de un metro. La mujer se sienta sobre sus talones e inclina su busto hacia atrás. Cuando está bien inclinada, el hombre se dobla sobre ella y adapta su posición hasta que su boca llega al sexo de la mujer. Ella se sujeta a las caderas del hombre y tiene toda libertad de besar su pene según mil maneras que se le ocurran.

 

Hay otras variantes: uno de los dos se pone de pie si el otro está en alto. Así el hombre puede estar de pie inclinado sobre la mujer, que se arquea bajo él, apoyando sus pies en una silla. El hombre también puede arrodillarse, sobre el lecho por ejemplo, y la mujer con los pies en el suelo.

 

En general, la mujer que arquea su espalda aumenta así su goce, pero tendrá que renunciar a los movimientos de caderas y a las ondulaciones pélvicas. Es por eso que algunas prefieren intercambiar las posturas para ser ellas quienes se inclinan sobre un hombre que las agarra. Podría manipular su sexo con la boca y jugar en toda libertad para variar la intensidad del apoyo, la naturaleza y el ritmo del balanceo.

 

Incluso si estas variantes del 69 parecen acrobáticas, permiten liberar su energía, sobrepasar las fronteras de la discreción y verdaderamente perder la cabeza. 


El arco iris.

“Arco iris al amanecer, agua antes del anochecer; tarde de arcos, mañana de charcos” Si creemos lo que nos dicen los viejos refranes, un arcoíris presagia aguacero. ¿Pero quién se quejaría de la lluvia cuando se disfruta del sexo? Para este original parte meteorológico, no hay que temer ni la violencia de la tormenta ni la suavidad de una llovizna de placer.

 

Ella se tumba de costado, con las piernas rectas. Él se resbala entre los muslos de su pareja con las piernas tensas. Ella realiza un juego de piernas: una la deja sobre la cama y la otra la apoya en la cadera de su compañero. La penetración tiene lugar con las piernas juntas y el torso del hombre plegado. Las manos quedan libres para llenar de caricias los hombros y la espalda de ella. Para tensar el arcoíris, ella le coge los pies y tira de ellos. La postura se conoce también como arco tensado, donde ella representa la flecha y él el arco.

 

Es cierto que la postura del arcoíris requiere cierta destreza para poderse realizarse, pero una vez conseguida ¡Qué maravilla!

La postura del arcoíris es mucho menos relajante que otras posiciones de costado. Además exige una atención especial para poderse realizar. Pero una vez situados, ¡qué espectáculo!

 

Si se cuenta con un espejo sobre o junto a la cama, podrá apreciarse la coreografía. La complejidad de la superposición de los cuerpos del hombre y la mujer forman una posición escultural.

 

La mujer se echa de costado, con las piernas estiradas. El hombre, también de lado, se desliza entre los muslos de ella con las piernas tensadas, pies contra cabeza. Ella mantiene una de las piernas sobre el lecho y apoya la otra sobre la cadera de su amado. Él, penetrando con las piernas juntas, pliega su torso de forma que pueda sostener y acariciar con las manos los hombros de su compañera. Ella agarra los pies o tobillos de su amante y tira hacia sí. Esta posición también se llama “el arco tensado” porque así, el hombre parece un arco, la mujer una flecha.

 

El ángulo de penetración es poco habitual, ya que ambos cuerpos están invertidos uno respecto al otro. Por eso, la mujer nunca ha vivido este tipo de sensaciones, el pene frota lateralmente contra su vagina, cuya apertura está estrechada.  

 

Para el hombre, como cada vez que su pene esta a buen recaudo, el placer proviene de los frotamientos del sexo masculino en toda su longitud contra las mucosas vaginales húmedas y ardientes.

 

Sin embargo, los movimientos de ambos amantes carecen de amplitud y de vigor y no dejan alcanzar al orgasmo. ¡Pero tampoco importa! ¿Por qué limitarse a una sola postura en el acto sexual?

 

Los cuerpos siempre en búsqueda de placeres se descubren e incrementan el deseo de fusión conjunta. Después del arcoíris, un preliminar amoroso terriblemente agradable, partiréis en otros revoloteos hasta el goce último.


El Vuelo de gaviota.

Los pechos son los protagonistas del vuelo de la gaviota. Se ofrecen al hombre durante el acto sexual, que los contempla desde la mejor perspectiva. Podrá lamerlos, morderlos y acariciarlos a su gusto. La ausencia de esfuerzo físico, en el vuelo de la gaviota, corona a la mujer de una dulzura que al hombre encantará transformar en gozo durante el coito.

 

La mujer se tumba de espaldas dejando sus nalgas al borde de la cama. Las piernas abiertas, apoyadas sobre el suelo, permiten al hombre ver la vulva con una apertura irresistible. Al igual que en el culeo, él puede iniciar la práctica con un cunnilingus, lamiendo el clítoris, el punto G y los labios. Puede también pasar directamente a la acción, iniciando junto a su amada el vuelo de la gaviota. El viaje les llevará por los recovecos de deseo, el sexo, el sudor y el placer.  Él de rodillas, con el cuerpo erguido, consigue la alineación de su pene con la vagina. Éste ángulo es difícil de encontrar, ya que cuando el hombre está encima la penetración es hacia abajo. Las técnicas de alineación coital (TAC) suponen que el pene y el hueso pélvico del hombre estimulen constantemente el clítoris de la mujer.

La mujer reposa cómodamente de espaldas sobre el colchón, de la cabeza a la pelvis. Sus nalgas están casi fuera de la cama. Sus pies en el suelo para que no se resbale; sus piernas abiertas dejan ver su vulva de una forma tan sugerente que su pareja se excitará por seguro. ¡Pero que no se precipite! Se arrodilla entre los muslos de la mujer y, antes de la penetración, le hace un cunnilingus u otras estimulaciones que inflamen el deseo de cada uno. Por ejemplo, guiará su pene con la mano para rozarlo contra el pubis de la mujer que, en el punto álgido de la excitación, demandará ser penetrada.  

 

Estando de rodillas, el hombre mantiene su tronco erguido. Así su pene está alineado con la vagina. Este ángulo poco común (en las posturas donde el hombre está encima, el pene se mueve hacia abajo) confiere sensaciones fuertes e inéditas para cada uno. Los movimientos vigorosos del hombre atraviesan a la mujer. Ella casi no puede moverse, aunque sus balanceos de nalgas acompañan los golpes de cadera de su pareja. La ventaja de esta posición para la mujer es que los músculos de su espalda, por una vez, no serán solicitados.

 

El vuelo de gaviota, por el intenso placer que produce, es una manera original de hacer el amor. Esta posición asocia la ternura de la mirada y las caricias a la fogosidad de los deseos conjugados. Así se reforzará la relación amorosa.    



                                                                                                                                                                                                                                 sigue en Kamasutra parte 3.