Kamasutra parte 4


Los pies en la tierra.

Comparado con la unión de los amantes, los pies en la tierra es una postura mucho más sorprendente. Fácil de realizar en cualquier momento y lugar, permite que la pareja se descubra y fomente su imaginación erótica al tiempo que incrementa la pasión sexual.

“Los pies en la tierra” tiene en sí todo lo necesario para llevar a cabo muchas fantasías.

Uno se imagina siendo otro o tomando varias identidades para montar un juego erótico muy excitante. Sin verse cara a cara, los amantes se dejan llevar por su imaginación hasta puntos insospechados.

 

No importa dónde ni cuándo, “los pies en la tierra” sólo necesita que se esté de pié. La mujer da la espalda y oprime el vientre del hombre. Puede variar su inclinación para facilitar la penetración. ¿Por qué no echarse uno rápido? ¿O disfrazarse de enfermera, espía, policía…? Además, para los adeptos del sexo anal, “los pies en la tierra” es perfecto.

 

El hombre y la mujer pueden colocarse frente a un espejo, como en las películas eróticas. Verse a sí mismos en esta situación les permitirá jugar con sus cuerpos, sus miradas y sus sensaciones. Porque aunque la posición favorece la proximidad, la visión del amante está limitada. Sobre todo cuando la mujer se apoya contra una pared, ocultando sus senos y su sexo a su pareja. El obstáculo de la diferencia de estatura puede ser salvado por un cojín, un taburete, o simplemente unos tacones altos.

 

A pesar de estos pequeños inconvenientes, “los pies en la tierra” es ideal para aprender a conocerse mutuamente. La penetración excitará mucho al hombre y el punto G de la mujer se estimula sólo con el coito o masajeando su clítoris. Ambos tienen total libertad de movimientos y las manos pueden acariciar las zonas más erógenas del cuerpo del otro.

 

Se trata de una postura sugerente, propicia al juego erótico y muy agradable. Practícala cuando quieras y donde quieras, ¡tú decides!


La silla mágica.

Todavía hay gente creyendo que una silla está simplemente hecha para sentarse. Afortunadamente, algunos se acuerdan que la evolución de la especie humana y el inmenso enriquecimiento de sus comportamientos son debidos a individuos que no aceptan lo evidente y las ideas preconcebidas.

La ausencia de esfuerzo hace esta posición muy agradable para la mujer, ya que se deja llevar por dulces sensaciones vaginales y juega con ellas, mediante contracciones musculares o provocativos arqueos de espalda. El hombre acompañará su ritmo hasta que ella sea llevada par la excitación que habrá sido capaz de hacer subir en sí.

 

Si la mujer es más audaz, se sentará con el trasero fuera del respaldo, a la mitad de los muslos o al nivel de las rodillas. Sus manos se agarran a los travesaños, sus pies puestos sobre el asiento (si el respaldo es bajo o demasiado alto, sus piernas quedarán en el aire). El hombre se sitúa detrás de su espalda, la abraza e inclina la silla sobre las patas traseras hasta que su amada está a buena altura para la penetración.   

 

Normalmente la pareja encuentra el equilibrio con facilidad. El placer viene con la posibilidad de quedarse ambos inmóviles. El hombre solo da el movimiento a su pareja con oscilaciones de la silla sobre las patas traseras, como meciéndola. Obviamente, ¡hay que verificar que las patas de la silla no se resbalen sobre el suelo! Pero el efecto está garantizado: ¡dulzor, calma y voluptuosidad! 

 

Si a la mujer le gusta este juego de equilibrio, se arriesgará a usar dos sillas, colocadas frente a frente y ligeramente separadas. Un pié sobre cada asiento y las manos sujetando firmemente los respaldos, ella se pondrá de cuclillas para presentar su sexo ampliamente abierto al hombre arrodillado frente a ella. El resto es inspiración: el estiramiento muscular a menudo es un excelente amplificador de sensaciones; los movimientos de caderas son totalmente libres y permiten regular la presión así como el ritmo. Se puede alcanzar el gozo al mismo tiempo o con la penetración: el hombre sólo se levantará para encontrar su sitio inicial y, sin soportar el peso de su amada, buscará un orgasmo tan intenso y todavía más si el juego con la espalda de ella se adapta para hacerles perder la cabeza.

 

¡Nunca volverás a ver una silla con los mismos ojos!


La mecedora del amor.

¿Ya has intentado hacer de tus inocentes juegos de infancia unas partidas más eróticas? ¿La mecedora de tu abuela y el balanceo de tus recuerdos, lo consideraste? Déjate tentar por un abrazo columpiado…

La postura de la mecedora del amor es para los que tienen la suerte de poseer una mecedora de interior o de jardín, de las que se encuentran en ciertos países. Para los otros, la variante conocida simplemente como “el columpio” les permitirá saborear los placeres del balanceo de una manera diferente y muy conveniente. 

 

A veces se adopta esta posición cuando el hombre se ha sentado primero en el sillón o el columpio y la mujer se sitúa sobre las rodillas de su caballero para un mimito y darse unos besos. El hombre siente una apremiante erección pero no deja la mecedora. Sólo se quita la ropa y su pareja también. Ambos cuerpos se encuentran en un contacto muy íntimo, piel contra piel, listos a mezclarse y a hacer el amor.

 

Antes del coito, la mujer puede arrodillarse a los pies del hombre y se suelta con algunos lametazos, succiones o felaciones. Tendrá que cuidarse de hacerlo al ritmo del balanceo, el pene entrando y saliendo de la boca, al mismo tiempo que su amante se columpia. Gracias a ella, el pene se endurece e hincha mas, preparándose a darle placer y a recibirlo.

 

El hombre eleva a la mujer, sosteniéndola por las axilas. Puede acariciar sutilmente el clítoris y los labios menores de su compañera con sus dedos mojados, o si cada uno lo prefiere, agarra el pubis a plena mano y lo estimula con vigor para prepararla, a ella también, al gozo sexual.

 

Cuando ambos amantes han alcanzado un alto nivel de excitación, el hombre separa ligeramente las piernas, pies en el suelo, y desliza sus nalgas hasta el borde del asiento. Su tronco y cabeza están recostados hacia atrás, los hombros contra el respaldo y los antebrazos sobre los reposabrazos de la butaca.

 

La mujer entonces se sienta, piernas ampliamente abiertas, con los pies pegados a las patas balancín de la silla. Empotra el pene en su vulva con brusquedad o al contrario muy lentamente, según si desea un coito rápido o duradero. Su busto está inclinado hacia el pecho de su pareja. Sus manos se ponen con naturalidad sobre los hombros de él, que puede sostener sus caderas. Así empieza el “juego”.

 

La mujer decide el movimiento de vaivén de la mecedora, provocando al mismo tiempo el vaivén del pene en su vagina hasta el orgasmo. Éste debería producirse sin tardar porque cada uno de los amantes está muy excitado. En la posición de la mecedora del amor el hombre tiene poca movilidad: sólo puede alzar ligeramente la pelvis para dar impulso al ritmo del balanceo. ¿Pero qué importa si él no es el amo y señor? Para ambos amantes, los frotamientos de sexo son placenteros a tal punto que no pararán de intensificar el movimiento. Incluso después que el hombre eyacula, ¿por qué no seguir meciéndose tiernamente?


El columpio.

No hay necesidad alguna de mobiliario específico para este columpio. Tan solo deja tus sueños balancearse al ritmo de tus memorias. Recuerda el columpio que te alzaba a las alturas gracias, los impulsos de cadera que te estremecían de placer…

En la postura del columpio la mujer está encima del hombre y le da la espalda. Éste se sienta y extiende las piernas ligeramente abiertas. Inclina el torso hacia atrás apoyando sus manos tras él, los brazos levemente doblados. Ella se arrodilla sobre él, los muslos plegados y separados por las piernas del hombre, mientras guía el pene a su vagina con una mano.

 

Durante el coito, la pareja juega lentamente a contonearse y dar golpes de cadera, imitando así el movimiento que se usa para columpiarse. La mujer tiene el pecho inclinado hacia adelante, sus manos se aferran a los muslos del hombre, que acompaña naturalmente sus golpes de cadera con ondulaciones del cuerpo, dando un llamativo espectáculo. 

 

Cada vez que ella se inclina, el pene hace lo mismo y sigue el vaivén en su vagina. Los movimientos del hombre son restringidos y se limitan a elevar ligeramente la pelvis, flexionando las piernas al mismo tiempo para acompañar su balanceo. De esta forma, presiona su pubis contra el de la mujer, provocando una excitación de lo más agradable. Ella puede incorporarse o agacharse de nuevo, dejándose llevar por sus propias sensaciones.

 

En la posición del columpio, no cuenta con su mirada para cerciorarse de la intensidad del placer del hombre. Sin embargo, se guía con los gemidos o jadeos de placer y por la dureza de su miembro viril. Para mantener el equilibrio, el hombre tendrá que apoyarse con sus manos, sin poder expresar su amor con caricias. El carácter específicamente sexual de la relación entre los amantes multiplica las percepciones en el bajo vientre, la única fuente de gozo.

 

Para enriquecer el placer, la mujer se acaricia el clítoris y el monte de Venus, así como los testículos de su amante, o le estimula la base del pene rodeándolo con un anillo formado por su pulgar y su índice.

 

Es posible innovar y variar de numerosas maneras esta posición, que tiene la particularidad de encauzar hacia el gozo con movimientos imperceptibles. Lo importante no es seguir al pié de la letra la descripción de esta postura, ¡mejor inventar vuestro propio columpio! 


El gran puente.

Cuando geometría y amor se mezclan, el resultado será aportar placer y fantasía. En la postura del gran puente, el ángulo y la medida determinan la intensidad del coito. ¡Disfrutad, amantes gimnastas, acoplaos en una coreografía excitante que libere vuestra imaginación sexual!

El gran puente se parece a la posición de una bailarina, cuando tiene el busto en vertical, las nalgas al contacto con el suelo y las piernas formando un ángulo de 180 grados. En el dominio del amor, esta postura requiere flexibilidad, ¡pero nada de entrenamiento especial! Se necesita un calentamiento previo de la mujer, no para estirar los ligamentos, ¡sino para preparar el coito! 

 

Ella se sube de pie encima de dos sillas, un pie para cada una. Obviamente es necesario escoger sillas robustas y estables, para no arriesgarse a caer en pleno acto sexual. La mujer se sitúa frente a los respaldos y se agarra con las manos. Su amado, al que ella da la espalda, separa despacio las dos sillas de forma que las piernas de ella hagan lo propio, formando el mayor ángulo posible. Cuanto más amplio sea el puente, más accesible será la vulva, por su altura en comparación al nivel en que está el sexo del hombre, y por su posición y su apertura.

 

De esta forma, la mujer ofrece un acceso sencillo al pene de su hombre.

 

Inclinada hacia adelante para mantener su equilibrio y apoyada en los respaldos, la mujer muestra su trasero a su pareja, una excitante visión que le causará una erección instantánea, si no fuese así aún. En esta postura, la mujer es pasiva, no pudiendo más que variar su arqueo para facilitar la penetración. 

 

Es el turno del hombre para actuar e inventar las recetas del placer. Puede empezar por ejemplo con un deslizamiento en el espacio entre las dos sillas. De pié frente a su amante, la cubre de besos y caricias, de los hombros a los senos hasta el ombligo. Se arrodilla después y sumerge su cabeza en las profundidades de la vulva. Tiene que explorar todos los delicados recovecos, estimular cada lado del clítoris, desde abajo y subiendo la lengua hasta su cumbre. También puede besar el monte de Venus, lamerlo y pasar su lengua sobre los labios mayores, antes de introducirla con movimientos de arriba abajo y delante y atrás en la vagina.

 

De nuevo de pié detrás de la mujer, el hombre, con su miembro en erección, la penetra sin dificultad. Enlaza la cintura de su amante con un brazo, excitando el clítoris con su mano libre. Quizás la mujer tenga que flexionar las piernas y enderezarse: todo depende de la altura de cada uno, pero también de las sensaciones buscadas. 

 

Con la posición del gran puente, la mujer se entrega a la voluntad de su amante y se somete a sus caprichos sin intercambiar miradas: algunas mujeres se vuelven locas con la sumisión impuesta para sentirse objeto al servicio del placer masculino. En esta postura, el hombre saborea particularmente convertir a su amante en una escultura viva, que modela como quiere y a quien da órdenes. Arquearse, elevar las nalgas, flexionar las piernas… Excitado por cogerla de pie, el gran puente es una posición atrayente para él, pero no muy fácil de ejecutar. Y seguro que eyaculará después de un coito corto pero apasionado.      


Los chimpancés.

La postura de los chimpancés es seguramente, con la de la carretilla, una de las más difíciles del Kamasutra. Da la posibilidad de probar la destreza y la valentía de los amantes. Volver al estado de primate es para todo el mundo. Tampoco el placer resultante.

El Kamasutra es conocido en todo el mundo, debido especialmente a su inventiva. Es el caso de esta postura de los monos, tan difícil como placentera para los amantes.

 

Para empezar, es difícil imaginar cómo llegar a esta posición. El hombre se tumba de espaldas y eleva las piernas hacia su pecho, separándolas. Con su mano, coloca el pene apuntando hacia arriba. Mientras lo mantiene recto, guía las caderas de la mujer, haciendo que descienda hasta su miembro. Ella le da la espalda, y sin ver nada, debe conseguir ser penetrada.

 

Por otro lado, la mujer debe concentrarse en mantener su equilibrio en cuclillas, como un pequeño mono. La primera tentativa quizás no sea exitosa y deberá intentarlo varias veces hasta conseguirlo. Sujetando a su amante, el hombre da ritmo a la penetración y elige la cadencia. También puede dar pequeños impulsos de cadera para profundizar el acto. Ella acaricia el perineo del hombre, una zona muy erógena e incluso puede aventurarse a penetrar el ano con su dedo.

 

Se puede variar el placer, pero con dificultad: la mujer puede moverse de arriba abajo mientras que su compañero la dirige de adelante atrás, lo que supone una perfecta coordinación así como el mejor modo de compartir una experiencia deliciosa. Sin duda alguna, la posición de los chimpancés se adapta a las parejas que quieren romper la monotonía del cotidiano y eterno misionero.

 

Por desgracia, esta postura no se recomienda a los amateurs. Es imprescindible que ella se deje hacer y confíe ciegamente en el control manual de su amante, o de lo contrario, se cansará rápidamente. Pese a que esta posición facilita el orgasmo, los movimientos son limitados y el campo de visión casi nulo: es imposible excitar a la pareja visualmente.


La ofrenda secreta.

Existen posturas que con un gesto trivial de la mujer, una ligera variación en su posición, una imprevista modificación del movimiento… cualquier pormenor, en definitiva, le ayuda a descubrir su sexo de una forma poco habitual. Sería como si quisiese ofrecer a su amado un regalo que a la vez, por pudor, no se atreve a revelar obviamente; como si quisiese que su ofrenda permaneciese en el mayor de los secretos.

La ofrenda secreta de la mujer bien puede revelarse cuando, por ejemplo, ella se tiende banalmente de costado con sus piernas estiradas. Sólo con doblar aquella pierna que no reposa en la cama, la rodilla pegada al pecho, puede descubrir discretamente su sexo para una penetración llena de originales sensaciones.

 

El hombre, seducido por esta atrayente invitación, se arrodilla a horcajadas sobre la pierna extendida. Entonces se inclina hacia ella para apoyarse con sus manos a cada lado del pecho de su pareja. La penetración se efectúa de lado y el efecto de los frotamientos, tanto para la vagina como el pene, es muy diferente de aquel fruto de una penetración más convencional.

 

Si el hombre cuenta con brazos musculosos, tendrá la posibilidad de ejecutar un vaivén lento y controlado, mejor para disfrutar de nuevas sensaciones a descubrir por ambos.

 

En el caso de que el cansancio sobrevenga, existen numerosas variantes que permiten descansar los brazos antes de retomar sensaciones a las que es difícil renunciar.

 

La posición de la ofrenda secreta no posibilita un contacto corporal generoso. Pero los ojos se cruzan, los deseos y las emociones también; las miradas y los besos se intercambian. Así la mujer puede olvidarse de todo y concentrarse en su vagina.

 

Incluso la ofrenda secreta puede modificarse si ella levanta su pierna doblada y la coloca sobre la cadera del hombre: su pelvis se inclina ligeramente, lo que modifica el ángulo de la penetración e incrementa su intensidad. ¡El juego es excitante y se pueden echar varias partidas! ¡Que no te cuenten milongas sobre la ofrenda secreta! Esta posición puede verdaderamente emocionar a quien la proponga y aquel que acepte recibirla.


La flor llamativa.

El lenguaje poético del Anagaranga* está repleto de frutos o flores para denominar posturas amorosas. Para los poetas franceses André Breton y Paul Eluard**, la orquídea se transforma en flor llamativa. ¿Sería por sus pétalos parecidos a labios menores, evocando una vulva ofrecida? En cualquier caso, no tendrás mucha dificultad para crear un bello arreglo floral, que os permita observaros durante el acto sexual.

Echada de espaldas, la mujer pliega las piernas sobre su vientre hasta que sus rodillas se acerquen a sus pechos. El hombre se arrodilla por encima de ella y la penetra suavemente. Los pies de la mujer están situados en cada una de las caderas de su pareja.

 

En esta postura, el hombre no necesitará sus manos para mantener el equilibrio, tendrá libertad para mimar, contemplar como quiera el rostro, los hombros o los pechos de su amada, añadiendo a la excitación la sensualidad de sus caricias y roces. La mujer también es capaz y feliz de sostener la cabeza de su amante, mimar sus brazos o sus hombros. La unión es así muy tierna en la posición de la flor llamativa.

 

El vaivén estimula el clítoris, gracias a los frotamientos de la base del pene contra él. El ángulo de la penetración del pene lo pone en contacto con la pared frontal de la vagina, una zona especialmente sensible del sexo femenino, cuya excitación podrá llevar la mujer al orgasmo.     

 

Si lo quiere, la mujer podrá imprimir algunos movimientos de oscilación a la pelvis durante el acto para dar un bamboleo deliciosamente erótico. En el mismo ritmo, el hombre sigue las demostraciones de placer de su amante y mueve libremente para variar la cadencia y la profundidad de la penetración. Se dejará llevar por las sensaciones y acelerará el balanceo hasta la llamativa traca final.   

 


La posición del compás.

¡Aumenta tus posibilidades! Existen varias posiciones del Kamasutra en las que el hombre está sobre la mujer al tiempo que abre sus piernas. Una de ellas es la del compás, en las que él se coloca sobre ella para convertirse en el mejor de los caballeros.

 

¿Y si por una vez la postura de Andrómaca se convirtiese en la de Héctor? ¿Si el caballero estuviera sobre su montura sin conformarse con ser sólo un misionero? En la postura del compás el amante consigue estar a la vez encima y rodearla con sus piernas. No es fácil, pero se puede hacer.

 

Para ello, la mujer se echa boca arriba y el hombre se sienta sobre ella, asegurándose de que sus piernas la rodean. Mantiene su frágil equilibrio colocando sus manos sobre los hombros de su amante. Puede usarlo, además, para reforzar su impulso y acelerar la cadencia.

 

En esta posición, él puede iniciar la penetración. Ella también tiene que abrir sus piernas para darle paso hacia su vagina. Sentirá su sexo comprimido en ella al tiempo que su bajo vientre frota su clítoris. Puede cerrar sus piernas para dar más sensaciones a su pareja y aprisionar la fuente del placer.

 

La postura del compás se parece mucho al instrumento de geometría. Cada uno elige el ángulo que formaran sus piernas. El hombre las tensa más o menos para mayor comodidad o fuerza. En el caso de ella, esto cambiará la fuerza de la penetración. En todo caso, la postura exige una gran fuerza. El amante puede arrepentirse de no ir más a menudo al gimnasio. Los más atléticos conseguirán deshacerse del soporte de sus manos para acariciar a su pareja y estimular su clítoris.

 

Formando una estrella con sus piernas, los amantes se unen únicamente por los sexos.

La postura del compás no favorece la proximidad, lo más que se puede conseguir son besos apasionados. Ideal para amantes puestos en el tema, que busquen sexo original y juegos sexuales innovadores. Con la posición del compás, se resarcirán de aquellos horribles recuerdos de dibujo técnico.


La posición de la tumbona.

La imagen que evoca pensar en una tumbona tiene, sin duda, mucho más de cómoda que la postura del Kamasutra que lleva su nombre. Pero el placer que se puede alcanzar va más allá de cualquier expectativa, especialmente para la mujer. ¿Te tienta probar una postura difícil pero cautivadora?

Olvídate de las tumbonas al borde de la piscina de un hotel de lujo. Aunque la cama es confortable, esta tumbona erótica te invita a otro viaje mucho más acrobático.

 

La mujer lleva la iniciativa. Acostada en la cama, se incorpora levemente, apoyando la espalda sobre unos cojines. El hombre se pone en frente, con las piernas abiertas. Ella coloca las suyas sobre los hombros de su amante, que las sujetará con las manos: la tumbona está montada.

 

Los movimientos del hombre se encuentran limitados por su postura y las piernas de su amante, y apenas puede mover sus caderas de arriba abajo. Ella domina la situación y hace los principales movimientos de vaivén, el hombre participa de forma activa de vez en cuando. Su papel se limita a dar impulso a su pareja elevando sus caderas mientras que ella se balancea suavemente sobre él.

 

De este modo, la maestra del juego decide la profundidad de la penetración y la velocidad de los movimientos. Las sensaciones en el pubis se multiplican, y el pene frota la zona vaginal que produce un enorme placer en la mujer. Si tiene suficiente energía, podrá estimular su clítoris. Con la postura de la tumbona, la mujer puede alcanzar el orgasmo con bastante facilidad.

 

En esta postura, que puede resultar extenuante, sólo se necesitan unos minutos para vivir un placer inimaginable. El hombre sabrá pues luego tomar las riendas nuevamente y cambiar la posición para poder sentir tanta satisfacción como su pareja.



                                                                                                                                                                                                                                 sigue en Kamasutra parte 5.

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