Kamasutra parte 7


El caballero montado.

Si a la mujer le gusta ser pasiva y sentirse sometida en la cama, admirando a su macho dominante, la posición del caballero montado es la más apropiada

En la posición del caballero montado, la mujer se echa de lado, una pierna extendida sobre la cama, la otra plegada. El hombre se arrodilla a horcajadas sobre la pierna estirada de la mujer. Él eleva la otra pierna de su amante contra su pecho, el pié hacia su hombro, y la estrecha contra él. La amplia apertura de los muslos permite una penetración profunda.

 

Además, el caballero montado es bastante confortable para tomarse su tiempo, sin precipitarse. Empezar la penetración con movimientos rápidos sería tan lamentable como beber un buen vino de golpe, sin apreciarlo con deleite. Las posiciones respectivas de cada uno producen un frotamiento muy peculiar, sensaciones en ambos sexos sensiblemente diferentes de aquellas que se viven en posiciones convencionales.

Hay que apreciar las variaciones y el juego armonioso que sólo nace en las posiciones alternativas.

 

¡Disfrutar de la posición es cosa de gourmet!

Por desgracia, el contacto físico es muy limitado en esta posición, no se puede abrazar al otro, pero aún se puede acariciar. La mano libre del hombre explorará los senos, el vientre, las caderas, los muslos y el clítoris de su compañera. Ella tendrá ambas manos disponibles para acariciar el vientre, los muslos, los testículos y el miembro del hombre.

 

Si la masturbación femenina forma parte de los juegos sexuales de la pareja, ella aprovechará la situación para acariciar su clítoris. El hombre gozará el espectáculo de su pene entrando en el sexo de su amante: la vulva reacciona claramente, las mucosas lubricadas y el clítoris erecto son muestra de la evidente excitación de la mujer y de su placer a recibir el pene en ella. Con caricias y variando el ritmo de los movimientos, con alternancia de la pierna elevada y la otra extendida de la mujer, la pareja aprovecha plenamente todas las posibilidades que esta posición ofrece.


La bestia bicéfola.

Hay un tiempo para todo: a veces la pasión, otras el juego. ¡En el amor también es posible divertirse! Cuando las relaciones sexuales se vuelven demasiado rutinarias, cuando los gestos se repiten en lugar de inventarse, reír es el mejor medio para despertar el deseo.

La bestia bicéfala es una de esas posturas en las que el principal interés es animar a los amantes a jugar con sus cuerpos. ¡No dejéis pasar este placer! Entregándoos a este juego, os entrará la curiosidad por nuevas posturas, ¡que os harán descubrir sensaciones inéditas!

 

Los amantes, en la postura de la bestia bicéfala, están a contrasentido, de modo que los contactos físicos se limitan al de sus propios sexos. Antes de todo, más vale ofrecerse algunas caricias preliminares. Las mejores podrían ser “el congreso del cuervo”, más conocido como el 69. Con una felación y un cunnilingus en simultaneidad, ambos tienen todo el tiempo para gozar los contactos íntimos de los cuerpos, estimulándose mutuamente. Cuando no pueden resistir más al placer de fusionar los sexos, el hombre, todavía de rodillas, da la espalda a la mujer y se aleja de ella. La mujer se echa de espaldas, desliza un cojín bajo sus nalgas para levantar su pelvis. Ayudándose con sus manos, eleva y separa los muslos para ponerlos por encima de ella. Su sexo está totalmente abierto en esta posición. Ahora pone los brazos sobre la cama y se relaja. El hombre se aproxima a cuatro patas, reculando a ciegas hasta que ella agarra su pene en erección.

 

Mientras lo toma, el hombre echa sus brazos frente a él y apoya su cabeza sobre el lecho, como un gato arqueándose. Sus pies están a ambos lados del cuerpo de su pareja, sus nalgas levantadas sobre ella. La mujer guía el pene hacia su vulva y lo usa como un pincel para dar algunas caricias previas sobre los labios menores y el clítoris antes de introducirlo en su vagina. Después, ella deja al hombre actuar.

 

En esta postura, el amante tiene poca elección en sus movimientos: si se mueve demasiado, arriesga que el pene se salga del cálido refugio donde está metido. Tiene que entregarse a pequeñas oscilaciones de la pelvis, de adelante atrás y de arriba abajo. Si la mujer siente falta de contacto, puede acariciarse a la vez que juega con los testículos de su amante, mientras se retuerce en ella: la mezcla entre placer vaginal y clitoriano debería provocar el orgasmo. Así, para ella, ¡el espectáculo de ambos cuerpos unidos es novedoso y divertido! Para el hombre, esta postura le impide ver el cuerpo de su amada, es desconcertante. ¡Lo puede aprovechar para fantasear y concentrarse a la vez en las sensaciones del pene! Sin embargo, nada prohíbe buscar luego una postura donde los cuerpos se acercan, para concluir el coito y expresar más la ternura.     


El encantador de serpientes.

Contra la impotencia pasajera, una solución: ¡El Kama Sutra! La posición del encantador de serpientes es de las mejores para que el hombre recupere su virilidad. Él retoma el control y ofrece a su mujer un amplio abanico de posibilidades.

En ocasiones el hombre puede sufrir de impotencia. El estrés, el cansancio, la rutina sexual… es un problema delicado y ella quema todos los cartuchos: mejunjes, comida afrodisiaca, perfumes cautivadores, ¡pero nada funciona! De pronto, una noche, la situación se presenta mucho más picante.

 

Llega el turno de ella para engatusar, acariciar, mimar y excitar a su amante, antes de acomodarse suavemente en la cama. El hombre está sentado ante ella, esperando a tomarla por la cintura y colocarla sobre su regazo.   

 

Ofreciéndose a su amante con las piernas abiertas, ella adopta las poses sexuales más tentadoras. Si quiere, puede apoyar su espalda en una almohada para estar más cómoda, y contemplarle mejor. Parece que él recobra las energías. Cogiéndola por la cintura, las caderas o las nalgas, la penetra con delicadeza pero profundamente. Dirige el encuentro sexual ya que la mujer se deja manipular, porque ella tiene mucha menos amplitud de movimientos.  

 

La serpiente hipnotizada se abandona a la voluntad del encantador.

 

Esta posición sexual tiene muchísimas variantes. Los amantes se pueden coger por las manos para una unión más romántica a la par que atlética. Para acelerar la penetración, él se agarra a las muñecas o los tobillos de ella. O incluso toma con sutileza las manos de su mujer para anclarlas sobre su propia nuca. En resumen, las posibilidades son innumerables. 

 

En esas condiciones, con preliminares que llevarán al placer supremo, la posición del encentador de serpientes es una de las mejores para que él reconquiste su vigor. ¡No hay mal que por bien no venga!

 


El sátiro.

La posición del sátiro despierta tus instintos más animales. Difícil de ejecución, es por lo menos ideal para juegos eróticos más viciosos, como los que nos gusta practicar en la cama de vez en cuando. El contacto está limitado, pero con la posición del sátiro, se requiere de instintos de la edad de piedra, cuando el hombre era más salvaje.

El mundo antiguo estaba lleno de criaturas fantásticas y el sátiro era, en ese tiempo, el símbolo más representativo de nuestra inclinación natural a la bestialidad. Esta posición del Kamasutra es el mejor modo de revelar el animal que se esconde en cada uno de nosotros.

 

Imagínate que la mujer está tranquilamente durmiendo, mientras que el hombre oye la llamada de Cupido. La despierta sin miramientos y la coge salvajemente por las caderas. Sólo con la fuerza de sus brazos, la sujeta y la penetra por detrás. Ella tendrá que demostrar si el barbarismo de su amante le gusta o no.

 

Necesita encontrar un soporte: pared, cama o mesa, cualquier sostén puede servir para sujetar las rodillas o los pies. Su amante la ayuda cogiendo sus caderas: la penetración no es fácil por culpa de las piernas elevadas de la mujer, pero es muy profunda. De todas formas, la posición del sátiro no es para todos. El hombre tiene que ser suficiente musculoso para sostener el peso de su pareja y la mujer debe ser bastante flexible para a la vez estar cómoda y ceder su trasero al amante de la forma más generosa posible.

 

Estos requisitos no son el ideal para una pareja que aprecia mirarse durante la relación sexual. La postura del sátiro reduce el contacto al mínimo, pero se puede usar un espejo para paliar este defecto y contemplar mejor la penetración. Así enlazados, los amantes podrán pasar largas noches extenuantes y a la mujer le gustará el gruñido de su hombre, siempre listo para satisfacerla.


Los nadadores.

En el agua, los cuerpos se tranquilizan y la ligera ingravidez les ofrece más gracia. La mujer se vuelve una sirena encantadora y seductora cuando las fantasías de los amantes concuerdan con las caricias en el agua.

Sean tus amores acuáticos en una piscina o en el mar, siempre es mejor, para unirse, encontrar un agua tibia y serena y, al menos, ¡un poco de intimidad! Todo puede empezar con cuidados mutuos: haciendo a los cuerpos cómplices, los gestos anodinos dan luz a un deseo que no esperará a la cama para ser resuelto. Los amantes adoran darse masajes corporales, efectuados en seco o con la ayuda de una leche solar o un aceite: tienen normalmente un efecto a la par excitante y relajante sobre ambos cuerpos. Los contactos de la piel con las manos del otro son eléctricos. Un arrumaco sencillo como trazar repetidas veces una línea en el vientre, la espalda o entre los pechos produce efectos mágicos.

 

Con tal preámbulo de caricias sin carácter sexual, puede pasar que los amantes pierdan la paciencia. Como si el agua pudiese aplacar sus ardores, saltan en el mar o la piscina y juegan a perseguirse. Los vientres y los sexos se rozan, las manos buscan las zonas más sensibles. Después de alejarse de espectadores fortuitos, el hombre y la mujer se quitan sus bañadores, si no están desnudos ya. Flotando sobre el agua, la mujer se hace la muerta mientras que el hombre, de pie o nadando a braza, desliza un brazo bajo la espalda de ella para mantenerla próxima y sostenerla a la vez. También se puede poner boca arriba y la mujer tomará buen cuidado de su pene sobresaliendo del agua.   

 

Para el coito, ¡será claramente más fácil hacer pie! Los preservativos resisten al agua salada o con cloro, pero deberéis tener cuidado cuando os lo pongáis de que el pene despunte fuera del agua, ¡sino ésta entrará en el condón! El hombre de pie eleva a la mujer con sus brazos, aligerada gracias al agua, y la sienta sobre su duro sexo. Con los dedos entrelazados, sus manos forman un asiento para el trasero de su compañera. La mujer pasa las manos alrededor del cuello de su amante o las sitúa sobre sus hombros y cruza las piernas detrás de su espalda. Sus muslos comprimen la pelvis del hombre. Éste hace ondular a la mujer sobre su pene, provocando un vaivén lento y tierno gracias a la ligereza de su cuerpo por el agua y las olas que la hacen elevar.

 

La penetración es profunda; progresivamente se hace más vigorosa y se libera del líquido elemento porque el hombre está excitado por el lugar y la postura. Su eyaculación sobreviene explosivamente. A veces la intensidad del orgasmo es menos importante para la mujer, los frotamientos del pene contra los labios menores no son tan suaves en el agua como fuera de ella y, por eso, la lubricación interna puede disminuir. La mujer apreciará sobre todo el contacto muy intimo con el cuerpo de su amante así como la ligereza de su propio cuerpo, unido al otro en este original lugar para hacer el amor.  

 

Durante el coito, la mujer prefiere dejarse inclinar hacia atrás, los brazos desplegados a ambos lados de la cabeza, la espalda flotando sobre el agua, las piernas todavía ancladas a su pareja. Él se mantiene en ella y se agarra a las caderas de su amada con las manos. El ángulo de penetración en la vagina varía, lo que modifica las sensaciones, con la ventaja de tener el bonito espectáculo que la mujer ofrece a su amante. Ella flota grácilmente frente a él y se le queda pegada al mismo tiempo. Una forma nueva, para el hombre, de contemplar a su amada. Si le place, también puede echarse sobre el agua, curvando su espalda hacia atrás pero manteniendo en todo momento las piernas en vertical y si puede, los pies en el fondo. Se termina el movimiento del pene dentro de la vagina para impedir que se salga brutalmente. Pero ahora una sensación de plenitud se sustituye a la excitación sexual, ya que el hombre y la mujer se hacen siameses, unidos en un solo cuerpo. 


El artillero.

Algunos hombres adoran actuar como guerreros del amor. Convirtiendo el juego sexual en una batalla, someten a la mujer para que efectúe una gimnasia erótica exigente, sintiéndose así todopoderosos y estimulando su libido.

La posición del artillero, precisamente, da a los hombres ese sentimiento de manejar a sus mujeres como si de un cañón se tratase. ¡Esto debería satisfacer a los aficionados del amor “machito”! En cuanto a las mujeres, si aceptan abandonarse a las fantasías de su amante y hacerse el instrumento de su placer, descubrirán un gozo diferente: el que produce el sometimiento sexual, ¡al que quizás aspiraban en secreto!

 

El hombre coloca a la mujer en posición sedente, al borde de una cama, silla o banqueta. Él se arrodilla sobre un cojín, el torso erguido y la boca a la altura de la de su compañera, los sexos frente a frente. Sujeta y separa las piernas de su amante para colocarlas contra sus hombros,  como las dos palancas que sirven para maniobrar el cañón sobre el bastidor.

 

Una vez las piernas están en posición, él mantiene férreamente a la mujer, poniendo un brazo detrás de su cabeza, mientras ella rodea con sus brazos el pecho de su amante. Así está bloqueada, sin poder hacer un movimiento que le haría caer. Depende totalmente de la voluntad del hombre: guía entonces su pene a la entrada de la vagina, listo para penetrarla. Moviéndose hacia atrás y de arriba abajo, frota su miembro contra la vulva, se estimula a la vez que excita a su amada. Cuando siente que está listo, da un ligero empujón hacia arriba.

 

La penetración es súbitamente profunda, ¡ya que el pene esta en el eje de la vagina! El hombre al menos tiene que ser prudente en sus movimientos para evitar que la relación sea dolorosa. Mientras la penetra, el amante se inmoviliza, haciéndole impacientarse, que siente sus músculos abdominales paralizarse. Ahora empieza el vaivén, muy despacio. Sus movimientos, más y más enérgicos, se interrumpen varias veces para no precipitar la eyaculación, hasta que lo reanuda de nuevo.

 

El pene está en contacto con la pared vaginal, una zona particularmente sensible por su importante número de terminaciones nerviosas. Pero al placer de la mujer se une el dolor debido a los estiramientos musculares: de esta contradicción en las sensaciones nace une gozo frenético.

 

El hombre puede seguir el coito en una postura menos difícil para su pareja. Sosteniéndola por la espalda, la echa sobre el lecho, con los pies a ambos lados de su cabeza y el trasero más elevado. Encima de ella, la domina de nuevo y el acceso a la vagina queda totalmente abierto. Cuando ya no puede contener más la eyaculación, ¡la violencia del orgasmo de ambos amantes es tan fuerte como la explosión de un cañonazo!  


La posición de la tigresa.

El Kama Sutra conviene para todo tipo de situación. Y si la mujer tiene algún rencor contra su amante, le podrá excusar con la posición de la tigresa. Pero para hacerse perdonar, tendrá que esforzarse mucho.

¿Cómo engatusar a una mujer en cólera? ¿Una tigresa muy celosa y hecha un mar de dudas? ¿Cómo transformarla en un gatito tranquilo y ronroneando? Una solución: la posición de la tigresa. El Kama Sutra ideal después de una pelea.

 

La riña acaba de terminar, todavía ella está enfadada. Le toca al hombre intentar todas las técnicas para convencerla de reconciliarse en la cama. Ahí, se sienta y coge a su pareja por la cintura. Ella abre las piernas y pone sus pies sobre los hombros de su amante. Con una mano, se sujeta a la cama, y rodea el cuello del hombre con su otro brazo.

 

La penetración empieza suavemente y si el hombre tiene brazos musculosos, podrá reforzarla como quiera. Dispuesta a recibir placer, la mujer deja su amante dirigir el vaivén en una postura más lasciva, permitiéndole contemplar su cuerpo y su sexo. Excitado por mirar la penetración, puede entonces acelerar el ritmo.

 

De repente, la mujer se transforma en tigresa. Se engancha a él y clava las garras en su espalda, muerde su cuello, los hombros, los brazos, dejándole penetrarla como un salvaje. Porque la posición de la tigresa despierta el animal en ella. Los instintos toman la palabra, su flexibilidad conviene para un encuentro sexual casi bestial. En la posición de la tigresa, puede también tocarse y dejar al hombre mirar este acto tan íntimo.

 

La tigresa es la posición ideal para recobrar la calma. Reunir amantes que lo cotidiano, las preocupaciones o demasiado trabajo han separado. En esta postura, con el sudor y los gemidos, la tigresa estará tan cansada que al fin, se habrá calmado. Es el esfuerzo llevado a cabo por el hombre que trae la recompensa: ver a su mujer sonreír de nuevo.


Los amantes del puente.

Desafío para uno, situación delicada para el otro: la posición de los amantes del puente es una experiencia que sólo auténticos insaciables querrán probar. Los que están listos para todas las extravagancias, los entendidos del sexo que han explorado cada juego erótico a fondo… Para ellos, una posición graciosa y original.

¡Atención, esta posición es un verdadero desafío! Sólo los hombres flexibles, musculosos y sin dolores de espalda pueden aceptar el reto. Ella tendrá que hacerse lo más ligera posible sobre el cuerpo de su pareja al mismo tiempo que mueve sus caderas.

 

Sobre la cama o el suelo, el hombre se echa de espaldas para así formar un puente con su cuerpo. Se sostiene sobre pies y manos, la cabeza al revés. La mujer se asienta delicadamente al nivel del sexo de su amante y se sujeta de puntillas para atenuar su peso. Ella tendrá que empezar el vaivén, cuidando de la espalda de su cariño. Lo inicia despacio para luego cambiar el ritmo y la posición, puede hacer circunvoluciones o moverse hacia donde su imaginación la guíe.

 

La pareja encuentra su armonía difícilmente: el hombre sostiene firmemente su cuerpo para frenar los asaltos de la mujer, que se preocupa de no ser dura con su amante. La penetración así es profunda y los movimientos realizables. Pero la posición del puente tiene muchos inconvenientes. El hombre no está cómodo y debe pronto abandonar su pose para no sufrir una migraña intensa. La mujer debe siempre estar atenta y no moverse demasiado, lo que coarta mucho cuando se quiere dar y recibir placer.

 

Al fin, la posición de los amantes del puente se parece más a un juego erótico que a una verdadera relación sexual. Cuando los amantes pasan la noche en vela, probando todo lo que sea, cualquier iniciativa para un sexo inagotable, habrá lugar para este pequeño puente.


La escuadra.

El cine ha popularizado algunas posiciones sexuales en escenas antológicas. La escuadra es una de ellas, vista en “El cartero siempre llama dos veces”. Su fama es merecida porque pocas posiciones ofrecen una posibilidad de movimientos total y un placer así de profundo

 

¿Quién no ha visto la famosa escena? En “El cartero siempre llama dos veces”, Jack Nicholson y Jessica Lange no se pueden resistir a un arrebato de deseo sobre la mesa de la cocina. No hay que dudar en imitar a los dos protagonistas (sin tener que redecorar las paredes con harina) y practicar a placer la posición de la escuadra.

 

Opuestamente a la película, es esencial dar toda su importancia a los preliminares, en vertical preferentemente. Ella se sitúa de pie contra una mesa y muestra su sexo a su pareja. El hombre, arrodillado, lo explora con su lengua y su boca. La excitación resultante permitirá a la mujer abandonarse totalmente echándose sobre la mesa… Él podrá entonces elevarse y acariciar el cuerpo de su amada, alzando sus piernas con sus fuertes manos. En esta posición, la pelvis de la mujer sobresale de la mesa, favoreciendo el acceso a su vagina. El hombre sujeta las caderas de su compañera o se agarra firmemente a la tabla de la mesa para así penetrarla.

 

Todo el placer reside en la sencillez del movimiento: el hombre, de pie, tiene la posibilidad de elegir el ritmo de sus vaivenes. Además, la perspectiva sobre el sexo ofrecido de su pareja es muy excitante, así como la vista de la mujer abandonándose más y más a las acometidas repetidas.

 

El hombre dirige el movimiento, la mujer se centra enteramente en su placer. Puede elegir, dependiendo de su excitación, poner las piernas sobre los hombros de él o tirar hacia sí de sus rodillas. En este caso, la penetración es mucho más profunda, aportando un placer especialmente intenso.

 

Si ella echa en falta el control de los movimientos, puede aprisionar el hombre entre sus piernas. En esta “cárcel”, el hombre tendrá que seguir el ritmo que ella le indique y aprecia.

 

Los más valientes enlazarán la posición de la escuadra con del collar de Venus, variante mas física…


El que se queda en casa.

Llamamos así, en el Kama Sutra o “Aforismos sobre la sexualidad”, a la posición en la que la mujer mueve su pelvis y el hombre intenta ajustar sus movimientos para mantener su pene dentro de la vagina. ¡Quiere decir, por consiguiente, intentar “quedarse en casa”!

 

Antes de todo, la mujer se echa de espaldas, de piernas abiertas. El hombre se sitúa a cuatro patas encima de ella, sus rodillas entre los muslos de su amante. Ella, apoyada sobre sus hombros y sus pies, eleva su pelvis y se deja penetrar. Así acoplados, el movimiento puede empezar.

 

La mujer hace serpentear sus caderas y juega con las sensaciones que le producen los rozamientos del pene en ella y la estimulación de su clítoris. Se puede agarrar a los hombros de su amante o a su cintura, acercarse como si quisiera encadenar ambos sexos o alejarse como para desatarse. O bien se arquea al máximo o se distiende para dejar caer sus nalgas.

 

Ya que el tema es que el hombre evite salir totalmente de la vagina, tiene que mover también sus caderas para coordinarlas con el desplazamiento de la pelvis de la mujer, atentos el uno al otro y a sus movimientos. Los cuerpos se alejan y acercan, huyen y se encuentran en un baile cuyo ritmo tiene agradables variaciones. Demasiado lento, la posición frustra. Intermedio, hace subir la tensión. Rápido, agudiza las sensaciones.

 

“El que se queda en casa” es una posición donde la complicidad es esencial, así como el deseo, para ambos, de echarle tiempo y encontrar el mayor placer posible en el juego, variando la tensión y la excitación.



                                                                                                                                                                                                                               sigue en Kamasutra parte 8.

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